La furia de Peter

Aún así, en contadas ocasiones, conviene a nuestra propia salud mental desatar la rabia, dar rienda suelta a ese instinto salvaje. Estar reprimiéndolo constantemente puede ser algo que favorece nuestra convivencia, pero es claramente un acto contra natura; incluso un atentado contra nosotros mismos.

En otras ocasiones, conviene por simple cuestión de defensa propia; cuando no se nos deja otra salida. Arrinconados en un oscuro callejón, sin vías de escape, y con la persona que está a tu acecho cerrándote cualquier resquicio de luz en la salida, lo mejor que hay que hacer es apretar los dientes, rugir, y enseñar las garras. La mayor parte de las veces, será suficiente con ello, pero si aún así nuestro «enemigo» no cesa en su intento, hay que atacar.

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