Tras cada máscara siempre hay un rostro

Conocí a Sara el día 10 de noviembre del 2004. Desde el primer momento supe que aquella chica me iba a caer bien, tenía una personalidad afín a la mía. Pero también, casi desde el primer momento, supe que llevaba una máscara invisible, una máscara a modo de protección, contra las inclemencias de la vida. Y es que Sara, pesé a su corta edad, ha vivido ya mucho.

El problema de las máscaras, o de los muros de contención, es que tienen una doble función. La primera, es la deseada, la que todo aquel que se la coloca, busca: Que no entren las agresiones externas.

Pero el efecto secundario es doble: de la misma forma que no entran las agresiones, también es difícil que entren las manos que se te brindan para ayudarte. Y por otro lado tampoco pueden salir los demonios interiores, porque la máscara impide su paso.

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