Políticamente estúpidos, estúpidamente correctos

Nunca deja de asombrarme la capacidad de “estupidización” de las personas. Aún así, me asombra pero no me sorprende; uno lleva ya suficientes años observando y observándose como para haber perdido la capacidad de asombro por dicho asunto. Sigo sorprendiéndome cuando lo inesperado es para mejor, pero eso es otro tema. A lo que nos ocupa. Porque, oh avatares del destino, parece que todavía me puedo sorprender también por cosas negativas.

La sociedad que nos (me) rodea vive inmersa en un mar desechos (mierda) que todos solemos tolerar ya por ignorancia, por desidia, o en pos de una corrección política, la mal entendida y mal llamada tolerancia. Sin ir muy lejos, el tabaco, o mejor dicho, el nulo respeto de los fumadores para con su salud y la del prójimo, me han proporcionado el ejemplo perfecto con el que comentar este tema.

Pongámonos en contexto, y luego nos pondremos en situación. Todo aquel que me conoce de haber cruzado más de dos palabras conoce mi odio visceral por el tabaco. Repugnancia suprema. Súmese a ello el hecho de que mis alergias, de las que poseo un número nada desdeñable, son en gran medida causadas por el tabaco, pero también potenciadas por él; vamos, para los de la LOGSE, que me ahogo más de lo normal en presencia del dichoso humo (en más de un concierto he estado al borde de un ataque de ansiedad al no poder respirar por la atmósfera tóxica, y en un par de ellos he abandonado a mitad de la actuación por resultarme imposible respirar).

Vayamos a la situación: cena navideña en un restaurante. Se permite fumar, pero viendo que al llegar, uno de los fumadores del grupo se encuentra en la puerta, con ceniceros y estufas estratégicamente colocados, asumo que merece la pena el esfuerzo puesto que el restaurante da facilidades para ser respetuoso con la salud de los demás; y de hecho uno de los fumadores está haciendo gala de ello. Iluso de mí.

Pues bien, tras una bromita dirigida a mí sobre si se puede fumar o no, con la consecuente respuesta radical y expeditiva, pero jocosa afirmando lo que el bromista ya sabe, y con varios fumadores saliendo de la sala para no molestar, las dos personas que siempre hacen gala de tenerme el mayor aprecio comienzan a fumar tranquilamente, dentro de la sala, aún antes de que el resto hayamos terminado de comer. Tras la preceptiva recriminación del hecho, la respuesta chulesca de uno de los implicados es: “no pienso salir a la calle Antonio”.

Evidentemente, el resto de drogadictos empezó a desinhibirse y a tomarse también sus dosis de nicotina y alquitrán, con la consecuencia lógica: “me voy a la calle, a no fumar”. Evidentemente, tras tamaña falta de respeto, de empatía y de amistad demostrada por los adictos al canutillo cancerígeno (especialmente por aquellos que se consideran a sí mismos amigos míos), las ganas de continuar al fiesta con ellos son nulas. Por ello, tras media hora de pie en la calle esperando a que terminasen de cenar, decido que ya está bien de hacer el gilipollas. Que uno se marcha a casa, con la fiesta a otra parte.

Se creerá el lector que me sorprendió el hecho de que gente a la que te una amistad tenga la desfachatez de, incluso tras recriminación, y conscientemente, no duden en compartir su vicio y su aumento de probabilidad de cáncer de pulmón con sus allegados. Pues no señor, eso no me sorprende. Los yonkis del cigarrillo son así, y hace tiempo que voy dejando de dar importancia a la consideración o no de amigo del que no me trata como tal, aunque para él el tema que nos ocupa sea de minúscula importancia. La sorpresa llega cuando después, al anunciar uno, en petit comité, a los organizadores de la cena que se marcha, le llegan las recriminaciones por parte de otro “radical anti tabaco” por no ser más tolerante, por ser tan radical.

¡Manda huevos!. Resulta que ahora debe uno tolerar que le jodan la salud por el bien de no estropear la bonita cena de navidad. Que amiguitos somos todos oiga, que nos pasamos el cáncer unos a otros y no pasa nada. Hey, mi comida apesta a tabaco, pero no pasa nada: ¡seamos tolerantes! Así nos va.

Lo han conseguido. Defenderte de las agresiones está mal visto, la clase política gobernante, los líderes maquiavélicos de la sociedad, han convertido al pueblo en una masa borrega a la que ya no le hace falta pastor, porque cuando uno de ellos intenta defender sus principios e ideales, es la misma masa la que lo aplasta en pos de la tranquilidad, la corrección política, y la tolerancia. Véase si no el caso de Wikileaks.

¿Cuantas personas conocen que consideren que Wikileaks es lo más importante que le ha pasado a la libertad y la mal llamada democracia en los últimos años, por no hablar de décadas? Considérense afortunados si pueden contar más de 4 o 5 en su entorno cercano. Y todo se basa en el mismo mal que hace que una persona a la que le molesta sobremanera el tabaco sea capaz de recriminar a otra su protesta ante la agresión de los fumadores.

Hay dos grandes distopías socio-políticas de la literatura del siglo XX a las que se suele hacer referencia, la de Orwell y la de Huxley. Principalmente la de Orwell, el Gran Hermano de su obra maestra “1984″. Una sociedad en la que el gobierno decide qué debe saber el pueblo, y lo controla de manera exhaustiva, mediante cámaras, y hasta una policía del pensamiento. En cambio, nuestra sociedad actual se acerca más a la menos comentada de las dos, al “Mundo Feliz” de Huxley, donde una sociedad genéticamente seleccionada va siendo aborregada progresivamente a través de una mezcla de dicha selección genética y un desbordamiento de información irrelevante, de entretenimiento y comodidad.

Una sociedad de información absolutamente controlada, donde los ciudadanos son ignorantes porque no tienen manera de conocer la verdad; frente a otra sociedad donde los consumidores (que no ciudadanos) han perdido su capacidad crítica para seleccionar la verdad: la tienen frente a ellos, pero no saben distinguirla de la tonelada de información irrelevante que los medios y los gobiernos, inteligentemente, les suministran. Coja usted un 50% de mundo feliz, un 30% de gran hermano, y un 20% de otros ingredientes variados, y obtiene usted la sociedad en la que vivimos hoy en día.

Wikileaks ha abierto una puerta de salida de esta situación, pero a poca gente le interesa: en dos horas ponen de nuevo Rambo III en tal canal, justo después de ver la nueva cara que le han hecho a “la Belén Esteban”. Ya no es necesaria la religión para mantener controlado al pueblo. La nueva religión se llama ocio y entretenimiento; y si surge algún ateo de dichos dioses, no se preocupe usted señor gobernante, tenemos unas filosofías de vida que también nos ayudan: corrección política y tolerancia. Nadie protesta, ni siquiera para defenderse de las agresiones a su propia salud, tenemos a una gran policía: ellos mismos.


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